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De la Naturaleza a la Madre Tierra

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Pandemia, crisis civilizatoria, utopía y transición

Carlos Andrés Duque Acosta, Ph. D.

Año 2020. El Covid-19, que había iniciado a finales del 2019 como un raro virus en la ciudad de Wuhan, China, se ha globalizado, ha adquirido el carácter de pandemia obligando al confinamiento de la población mundial. A diciembre de 2020 las cifras de contagiados y decesos sigue en aumento. Las vacunas que empiezan a aparecer para inmunizarnos frente al virus aún dejan muchas dudas. La pandemia que hoy afrontamos, como reflejo ambiental de la crisis civilizatoria, debido al cambio climático efecto del calentamiento global y a las dinámicas extractivistas que afectan los equilibrios ecosistémicos, se suma a la situación catastrófica multidimensional (ecológica, económica, política, moral) que ya había sido señalada por varios autores (Stengers, 2015; Klein, 2015).

Las ciencias sociales y humanas se enfrentan a nuevos desafíos analíticos y conceptuales para tratar de entender la inédita realidad que se empieza a instalar frente a nuestros ojos, frente a nuestros cuerpos. Esta pandemia global que enfrentamos nos ha permitido observar con serenidad el agotamiento de la filosofía tradicional. La filosofía europea hegemónica y sus cultores públicos (Zizek, Chul Han, Agamben, Preciado, etc.) giran en círculos antropocéntricos, logocéntricos, sin nada interesante que aportar ante la situación catastrófica multidimensional (ecológica, económica, política, moral) que se hace cada día más grave. Filosofía agotada, autorreferencial, marchita.

¿Habrá algún tipo de esperanza en la filosofía que se ha cultivado en otros lugares del planeta? En nuestro caso, en Nuestra América/Abya Yala[1] parecería ser que no. Más de medio siglo de reproducción acrítica de la tradición europea, décadas de elitismo y racismo epistémico intentando validarnos, autorizarnos ante la filosofía hegemónica (europea y norteamericana), décadas de intentar «blanquearnos» muestran hoy sus resultados. Salvo algunas excepciones, no filosofamos: nos autorizamos ante el Norte Global, ante el poder académico y sus anquilosadas estructuras en historia de la filosofía o literatura filosófica. Pero no pensamos.

Es en este contexto que surge esta reflexión pues en las últimas semanas hemos experimentado con mayor radicalidad el agotamiento que empiezan a exhibir ciertos conceptos. Uno de ellos, el de “Naturaleza”. Por tanto, en las siguientes líneas se planteará desde la filosofía, un camino para comprender -y habitar- de otra manera la relación entre el concepto de “Naturaleza” de origen euro-moderno y las plurales concepciones de “Madre Tierra” que tienen los pueblos ancestrales de Nuestra América/Abya Yala.

Como se expresó líneas arriba, existe algo que inquieta cada vez más de cierto discurso académico que hace parte del «sentido común», es decir, de aquella filosofía espontánea que nos informa subrepticiamente como lo explicaba el pensador italiano Antonio Gramsci (1970). Me refiero al uso del concepto «Naturaleza». Quizá, como efecto de lo que Boaventura de Souza Santos llama «pensamiento abismal», nos referimos de manera «natural», espontánea, a «naturaleza» para nombrar lo existente, lo que hay, lo experimentable físicamente, invisibilizando otra serie de relaciones fundamentales. Para De Sousa Santos (2009, p. 31):

«El pensamiento occidental moderno es un pensamiento abismal. Éste consiste en un sistema de distinciones visibles e invisibles. Las invisibles constituyen el fundamento de las visibles. Las distinciones invisibles son establecidas a través de líneas radicales que dividen la realidad social en dos universos, el universo de “este lado de la línea” y el universo del “otro lado de la línea”. La división es tal que “el otro lado de la línea” desaparece como realidad, se convierte en no existente, y de hecho es producido como no existente. No existente significa no existir en ninguna forma relevante o comprensible de ser.»

Siguiendo esta idea del pensador portugués, podemos convenir que el uso que damos al concepto de “naturaleza” deja por fuera o invisibiliza una dimensión más profunda, que va más allá de lo físico/tangible. De esta manera, podemos reconocer que existe cierto consenso en que el concepto de «naturaleza» es parte de una visión euro-moderna que instauró un reduccionismo metodológico (desde Descartes, Bacon, etc.) para objetivar, para estudiar lo que hay, lo existente. Es decir, podríamos afirmar que la «naturaleza» es la parte del cosmos que estudian los seres humanos a partir de las «ciencias naturales». Desde luego, en la tradición que inaugura el método cartesiano, este reduccionismo dualista (sujeto-objeto) es necesario para investigar analíticamente ciertos fragmentos de la realidad, de lo existente. No obstante, pareciera ser cada vez más evidente que esta prescripción metodológica de las “ciencias exactas” se extrapoló a todos los campos de la realidad. De la objetivación de lo existente para su estudio científico a la cosificación previa a la mercantilización hay un paso. Sobre esta base epistémica se fue instalando a partir del siglo XV el sistema capitalista hoy hegemónico (Dussel 1994; Quijano, 1992, 2000). Así, por ejemplo, volviendo al inicio de esta reflexión, parecería ser que el Covid-19 fue algo que surgió externamente, allá afuera, en la “naturaleza”. Es decir, que la pandemia que hoy afrontamos es un efecto inesperado, aleatorio, de la exterioridad física-natural y no un desenlace relacional, incluso predecible, de las sistemáticas acciones humanas contra los ecosistemas.

Ahora bien, antes de la llegada de los invasores europeos en el siglo XV a nuestro territorio, existía una visión espiritual del cosmos que cada pueblo milenario de Nuestra América/Abya Yala nombra/habita hasta hoy de diferentes maneras: Madre Tierra, Pachamama (pueblos aymaras, kichwas), Uma Kiwe (pueblo nasa), Ñuke Mapu (pueblo mapuche), Napguana (pueblo kuna), etc. Para nuestros pueblos ancestrales, desde Alaska hasta la Patagonia, la Madre Tierra se ha sentido/comprendido desde una conexión profunda con todo lo existente, que se expresa, mejor, que se experimenta en una vivencia de la inter-relación con el todo: no hacemos parte de la Madre Tierra, somos también. Desde este horizonte, el Covid-19 se empieza a comprender como un efecto de nuestra inter-conexión profunda con la Madre Tierra. Si la tierra está enferma, todas y todos, estamos enfermos. El virus pandémico es también un mensajero, está hoy entre nosotros para obligarnos a replantear muchas de las concepciones y experiencias que tenemos sobre la vida, la muerte y el cosmos. Quizá, si lo asumimos como aprendizaje, para llevarnos a otros niveles de conciencia. Como lo expresó bellamente el escritor William Ospina (2020):

«¿Por qué estamos viviendo esta pandemia como si fuera la primera de la historia universal? La verdad es que este pánico ha sido muy favorecido por el progreso. Los virus antes viajaban a caballo y en barco, ahora viajan en avión. Antes les llegaban a comunidades que sabían que la muerte existe, ahora les llegan a sociedades que primero sacaron la muerte de la casa y después la sacaron de la conciencia.»

Para no extender el argumento, simplificando un poco, nos encontramos frente a una inconmensurabildiad de orden ontológico: de una parte, la ontología euro-moderna occidental hegemónica fundada en el dualismo (sujeto-objeto), antropocéntrica, individualista, secularizada, desde la que se entiende la “naturaleza”. Del otro lado, la expresada como Madre Tierra en los pueblos del Sur Global, en lo tri-continental excluido (África, Asia, Nuestra América/Abya Yala), fundada en una ontología relacional, cosmo-biocéntrica, comunal, espiritual. Pero habría que fijarse en un detalle clave que puede marcar la diferencia y que he defendido en mi tesis doctoral (Duque, 2019): la relacionalidad ontológica incluye a la dualidad ontológica; el cosmocentrismo incluye al antropocentrismo y, en términos epistemológicos, el diálogo de saberes y prácticas incluye al eurocentrismo. Por ejemplo, que el agua sea concebida como la unión a partir de un enlace covalente de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno (H2O) no implica que no pueda ser asumida también como sagrada, como la «leche de la Madre Tierra» como dicen los hermanos aymaras. Desde luego, esta última comprensión ha sido hegemonizada de forma capitalista, mercantilista, por la primera. En otras palabras, estamos frente a una «hegemonía ontológica» (Descola, 2018) que no nos permite asumir el Covid-19 como un efecto relacional de lo que somos, hemos sido y estamos siendo. La expresión ancestral lakota “Mitakuye Oyasin” que significa “todo está conectado”, “todo está relacionado” y que desde la filosofía podemos entender como parte de una ontología relacional o mejor, en palabras de la filósofa Patricia Noguera (2013), como una onto-estética relacional, puede marcar un derrotero para nuevas formas de sentir/pensar/habitar.

En varios espacios públicos donde han sido expuestas las anteriores tesis, se me ha insistido en que «la jerga de las ontologías» cierra el debate en tanto lo vuelve muy abstracto, muy des-personalizado, muy academicista incluso. Hago entonces el ejercicio honesto y pregunto en términos de armonizar estas dos «narrativas en conflicto», como suele decirse hoy en día: ¿quiénes deberían dar el salto, digamos, de subversión ontológico-política o de ampliación de consciencia?, ¿quiénes tienen frente así solo una “naturaleza” o quienes habitan la Madre Tierra?, ¿quiénes solo, de manera eurocéntrica, antropocéntrica, VEN «Naturaleza»? VEN, en mayúsculas, de solo «ver», «observar», «representar»; «oculocentrismo cartesiano occidental», lo llama Silvia Rivera-Cusicanqui (2015, p. 25, 317)? Volviendo al expediente pandémico parece cada vez más evidente que necesitamos, en especial desde nuestros territorios, abrirnos, sensibilizarnos, habitar la potencialidad ancestral, milenaria, que también nos constituye, para sentir/pensar/habitar la interconexión profunda que somos y estamos siendo (Kusch, 2000); nuestro ser-tierra (De la Cadena, 2017), nuestro cuerpo-tierra (Noguera, 2010), como parte de la Madre Tierra que somos, que estamos siendo. Esta narrativa ―y sobre todo: práctica― puede darnos luces para des-mercantilzar el mundo, para re-encantarlo, para re-sacralizarlo, para re-poetizarlo. Por aquí va la discusión abierta de quienes reflexionan sobre la posibilidad de nuevas utopías, de transiciones civilizatorias (decoloniales, anti-patriarcales, eco-territoriales, interculturales críticas, etc.) en estos tiempos de desconcierto.

Bibliografía

Descola, P. (2016, diciembre 26) Diálogos transatlánticos: Philippe Descola. Canal Encuentro. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=OF9JlrkP2hY

Duque, C. (2019) La ampliación ontológico-política del Buen Vivir/Vivir Bien como praxis transmoderna. Tesis doctoral versión pública. Disponible en: http://repositorio.unicamp.br/jspui/handle/REPOSIP/335688

Dussel, E. (1994) 1492: el encubrimiento del otro: hacia el origen del mito de la modernidad. UMSA. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Plural Editores, La Paz.

De La Cadena, M. (2017, mayo 17) ¿Qué son, quiénes son y qué quiere decir seres de la tierra? RedGE Perú. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=gBs5wQU755M

De Sousa Santos, B. (2010) Para descolonizar Occidente: más allá del pensamiento abismal. CLACSO/Prometeo Libros, Buenos Aires.

Gramsci, A. (1970) Introducción a la filosofía de la praxis. Selección y traducción de J. Solé Tura. Ediciones Península, Barcelona. Disponible en:

https://marxismocritico.files.wordpress.com/2011/11/introduccion-a-la-filosofia-de-la-praxis.pdf

Klein, N. (2015) Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima. Paidós, Buenos Aires.

Kusch, R. (2000). América Profunda. Tomo II de Obras Completas. Editorial Fundación Ross, Rosario, Argentina.

Noguera, A. (2010) «Cuerpos-Tierra. Ethos ambiental en clave de la lengua de la Tierra», en: Revista Sustentabilidades, Universidad de Santiago de Chile, No. 2, Año 1, p. 3-14.

Noguera, A. (2013) “Ethos ambiental em clave del pensamento estetico ambiental complejo”, en: Direito, justiça e ambiente: perspectivas franco-brasileiras. Lobato, A.; Pierre, P. (coord.). Editora da Furg, Rio Grande.

Ospina, W. (2020, abril 12) ¿Por qué hay tanto miedo? Diario El Espectador. Recuperado de: https://www.elespectador.com/opinion/por-que-hay-tanto-miedo-columna-914016

Quijano, A. (1992) «Colonialidad y modernidad/racionalidad». En: Revista Perú Indígena, Vol. 13, no. 29, Lima, pp. 11-20.

Quijano, A. (2000) «Colonialidad del Poder, Eurocentrismo y América Latina». En Colonialidad Del Saber y Eurocentrismo (Edgardo Lander, editor) UNESCO-CLACSO.

Rivera-Cusicanqui, S. (2015) Sociología de la imagen.Tinta Limón editores, Buenos Aires.

Stengers, I. (2015) No tempo das catástrofes. Editora Cosac e Naify editora, São Paulo.

Walsh, C. (2018) ¿Interculturalidad y (de)colonialidad? Gritos, grietas y siembras desde Abya Yala. Disponible en: https://redivep.com/sitio/wp-content/uploads/2018/04/CATHERIN-WALSH.pdf


[1] Abya Yala es el nombre indígena pre-hispánico de nuestro continente aceptado por todos los pueblos indígenas. Abya Yala es una palabra de origen Kuna, significa «tierra en plena madurez», «tierra en plenitud», «tierra de sangre vital», «tierra de vida». El pueblo Kuna es originario de la sierra nevada al norte de Colombia; habitaba la región del golfo de Urabá y de las montañas de Darién. Actualmente vive en la costa caribeña de Panamá, en la comarca de Kuna Yala (San Blas). Existe también otro nombre de América en kichwa, Tawantinsuyu («Las cuatro regiones o divisiones») que era como se conocía el incariato o el imperio incaico en la época precolombina; asimismo, los mexicas, llamaban Anáhuac a su territorio ancestral pre-hispánico. Al respecto, nos dirá Catherine Walsh (2018, p. 2): «Pienso y escribo desde Abya Yala. Así llamo la atención a las políticas de nombrar; “América hispana” y “América Latina” son parte del peso colonial de las políticas impuestas que en su nombrar hacen poseer, controlar y eliminar. Abya Yala, que significa “tierra en plena madurez” en la lengua de los pueblos kuna-tule originarios de las tierras ahora llamadas Colombia y Panamá, es el nombre que existió antes de la invasión-conquista. Y es el nombre que los pueblos originarios de todas las Américas colectivamente propusieron de nuevo en 1992, para contrarrestar las celebraciones del “descubrimiento” y la continuidad colonial. Abya Yala es una opción (no eurocéntrica, no antropocéntrica y no patriarcal), una opción con enraizamiento territorial en la cual todos los seres formamos parte.» Subscribo en esta reflexión las anteriores palabras.

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